domingo, octubre 2, 2022
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En estas rocas están algunas de las iglesias rupestres más valiosas de Europa

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El valle más meridional de Cantabria mira al sur, a la meseta castellana, escondiendo entre sus grandes rocas areniscas el secreto del territorio más extenso y que primero poblaron los cántabros.

Hasta el mismo río Ebro, que apenas ha recorrido 30 kilómetros cuando entra al valle, es un río joven y de discurrir cambiante. Abandona su curso hacia el sur para girar hacia el oriente. Su quiebro es la señal de penetrar en Valderredible. Así como la fertilidad que va dejando a su paso por el fondo llano del valle entre pastos ganaderos y donde crecen las más apetecibles embajadoras del valle, las patatas. Con su piel dorada y forma alargada poseen magnífico sabor, y están entre las más famosas del país.

Su mayor tesoro, las ermitas rupestres talladas en las rocas desde el año 711, no se ven a primer golpe de vista. El valle escondido entre montañas fue un territorio seguro donde refugiarse del agitado medievo peninsular. Iglesias románicas que son el mejor testigo de aquellos tiempos convulsos pero de creencias firmes frente al avance musulmán.

Una fuerza espiritual que encontró hueco a base de tallar los templos en la roca, convirtiendo el valle, con sus más de 50 iglesias, necrópolis y eremitorios, en el enclave español (y de los mejores de Europa) más valioso en iglesias rupestres. En los periodos históricos de calma se levantaron torres y espadañas y se tallaron burlescos y eróticos canecillos, señalando el avance de la cristianización en el mundo rural de la mano de monjes anacoretas y población mozárabe.

La iglesia de Santa María de Valverde marca con su espadaña románica el inicio del itinerario. Es el templo rupestre más espectacular del valle, y que aún mantiene el culto, y el mejor sitio para conocer el proceso histórico que motivó su construcción pues junto a la iglesia se halla el Centro de Interpretación de la Arquitectura Rupestre.

Iglesia rupestre de Arroyuelos
Iglesia rupestre de Arroyuelos – José Luis Sardina

Las dos plantas separadas con arcos de herradura de la iglesia de Arroyuelos, la pequeña iglesia de Cadalso, situada a pie de carretera con su bóveda sustentada en arco de medio punto; la ermita de San Millán de Campo de Ebro, con su forma de herradura, que además de templo, fue ayuntamiento y escuela; la de Santa Eulalia en Campo de Ebro, que fue a su vez refugio de guerra, y los eremitorios de San Martín y San Andrés de Valdelomar, Villaescusa de Ebro y Villamoñico son paradas imprescindibles.

Junto a cada iglesia suele hallarse una necrópolis siendo la más espectacular la de San Pantaleón. Se suma a su atractivo y situación panorámica la de Santa María de Peñota, en el pueblo de Susilla, cuya abundancia de tumbas antropomorfas indica la notable población que acogiera el valle.

Vista de la colegiata románica de San Martín de Elines
Vista de la colegiata románica de San Martín de Elines

La sorpresa final de comunión del paisaje con la arquitectura religiosa surge al oriente del valle con San Martín de Elines, el templo románico que previamente fue cenobio mozárabe. Los adornos de los capiteles de sus columnas y los canecillos al exterior son un auténtico libro abierto de la vida en el Medievo. Símbolos de la concha del peregrino confirman hallarnos en el buen camino, en una de las rutas compostelanas más antiguas. El mejor de sus tesoros se encuentra en su ábside, en forma de pintura mural de dos apóstoles. Es la única conservada en territorio cántabro y hace de la iglesia uno de los más valiosos patrimonios románicos europeos.

Otra catedral… de la naturaleza

El valle también cuenta con catedral, sí, pero de naturaleza, como es el Monte Hijedo. El paseo entre sus notables ejemplares de robles acompañados de pinos silvestres, hayas y tejos permitirá descubrir algunos de sus más exclusivos habitantes, como el pito real y el picamaderos negro, indicadores de la buena salud de este bosque maduro del que se puede conocer más recorriendo el Centro de Visitantes del Monte Hijedo.

En Valderredible es posible seguir activos incluso en la noche, en el Observatorio Astronómico de Cantabria. Se accede desde el pueblo de Rocamundo hasta alcanzar el borde calizo de la montaña que cierra el valle hacia el sur, en el límite con el burgalés páramo de la Lora. Es una conexión directa con el cosmos gracias a su telescopio y las visitas guiadas que, día y noche, permiten identificar planetas, constelaciones e incluso ver el paso de algún cometa.

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